
Tengo un pañuelo viejo, fiel testigo de mis penas más grandes, pero nunca había sido empapado tantas veces susurrando el nombre de la misma persona. Oh Valentina, de mirada inocente, de sonrisa encantadora, tan hermosa como cualquier deidad. Llegaste a mi vida como un gran regalo, sin siquiera pensar que así sería. Aprendí a quererte, aprendí a ver lo que de verdad eres. Oh Valentina, perdona todas esas veces que tus ojos se humedecieron por mi causa, ni toda mi sangre pagaría una sola de esas lágrimas. Tengo miles de razones para llorar, pero la que se ha vuelto prioridad es pensar lo lejos que estás de mi.


